En mi azafate (temporal)

(CarcaVera)

“Siento esta aparente superficialidad, esta trivialidad que hace de nexo entre nosotros. Contengo palabras más sentidas que luchan por salir de mi boca en un alarde de temeridad: las veto, no conozco la bienvenida  que se pueden encontrar a su llegada, y me temo que no sea una fiesta cuando antes no han avisado de sus intenciones. Me esfuerzo por hacer gala de una ambigüedad que no cierre ninguna esperanza. Quiero ser cursi, ñoño, zalamero. Alzo el dedo ensalivado en busca del mejor viento; lástima, no sopla a favor. Intento comunicar con la mirada lo que mis labios no moldean, pero el sol fustiga mi espalda y no encuentro rayos que generen esa chispa en la retina imprescindible para que tú notes algo. Ya no me vale el hola y adiós y un beso en la mejilla, las fórmulas, las convenciones, esos formalismos insidiosos… Y temo el momento, de inevitable aparición, en que la relación, a falta de nutrientes, comience a marchitarse, se pierda el cosquilleo, y esas palabras vacuas que ahora pronuncio acaben por ser las que siento”.

Imaginen cómo me he quedado al encontrarme esta nota. ¿Es esto una declaración de amor, de intenciones qué van más allá de una relación meramente profesional? Desgraciadamente, no va firmada: estoy rodeada por una legión de cobardes. Lamento la inevitabilidad que se adivina en su conclusión, el hecho cierto de que, censurando el anhelado paso al frente, sus palabras se carguen de razón y queden verificadas por la realidad frustrante que obvia la metáfora y descansa sobre relaciones simples, directas, que no conoce nada más allá de los fenómenos que la generan y conforman. Lo lamento por él, por ese anónimo cercano que ha creído/querido ver en mis acciones un significado trascendente similar al que él se esfuerza en otorgar a cada uno de sus movimientos; debe de ser agotador. E improductivo.

[a] The Goo Goo Dolls – Become

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FIB 002

(CarcaVera)

Lejos de aparentar soberbia, tengo que comunicar con rubor y humildad que la diana a la que apunta la composición de ayer es una servidora. Conociéndoles como les conozco, la certeza de tal afirmación no debe sorprenderme. Le pregunté a PusilániMan por el autor de una cosa tan bonita y él no pudo resistirse a decirme la verdad y autoinculparse. Se ganó una rebaja. Hace escasos minutos, tras un fugaz encuentro con Perogrullo en su despacho, desde donde estoy escribiendo, me asaltó una duda fundada que me hizo repetir la pregunta. También él se destapó como la pluma que creó tales palabras. Horas antes, comenzaba a fraguarse la incertidumbre cuando A.Ceguero se abalanzaba sobre mí y musitaba, como haciéndome cómplice de un secreto, que aquellos versos los había escrito pensando en mí. “¿Lo hiciste tú?”, pregunté con inocente asombro; “por supuesto, sí, lo hice yo”. Ecólalo venía unos metros más atrás: “sí, lo hice yo” fueron sus reveladoras palabras. Malditos cabrones, habían estado jugando conmigo por separado y sin explicarme las reglas. Un largo paseo me ha servido para despojarme de toda la mala leche que portaba a su costa e, incluso, para apreciar la devoción que, a su manera, me profesan. No son culpables de tratar de aprovechar las casillas con oca para avanzar y ahorrar tiempo y energías en su camino hacia la consecución inconfesa de una relación que supere a la meramente profesional. Porque quiero pensar que no hay motivos económicos en actos tan infantiles…