Misteridea y yo

Acto inaugural 26/03/2010

Vendemos ideas. Robamos ideas y después las vendemos. Se las vendemos a quienes se las hemos robado.

(desconozco autoría del dibujo)

Van con la guardia baja y, realmente, no se dan cuenta de que se las robamos; no las echan de menos. Hola, buenas, ¿tienen ideas?, dicen; sí, las tenemos, y justo las que usted estaba buscando. Y se vuelven la mar de contentos con esas grandes ideas a las que no reconocen como propias. Es pereza. Es una pereza trabajada, si se me permite la expresión, abonada pacientemente con… con… con… Ah, cómo seguir. Lo siento, yo soy una víctima más. Robo lo que puedo. A veces me dicen que soy superficial, pero es que para conseguir ideas profundas hay que tener el brazo muy largo. Esperen, por aquí pasa alguien…

Ya lo tengo: un pereza trabajada, decía, abonada pacientemente con colores chillones, regada con el ruido monótono de la mediocridad omnívora, en un campo rico en nutrientes en el que parece haber habido una confusión en la elección del cultivo.
Así pues, si ustedes han llegado hasta aquí buscando buenas ideas, bombillitas que iluminen oscuros rincones de su conciencia más apartada, les rogaríamos, si son tan amables, que se hagan un poco los despistados y, cual turistas neófitos, vistan prendas anchas, se dediquen a sacar fotos a nuestros espectaculares monumentos sin osar bajar bajo ningún concepto la vista y coloquen sus bien aviadas mochilas a la espalda, sin preocuparse de los grupúsculos de lugareños que se les arriman tanto, sin duda, a causa de un concepto algo equivocado de la palabra confianza. A la salida, junto con una pequeña foto a guisa de recordatorio, les regalaremos una bonita y, sobre todo, oportuna idea.

De nada, de nada… Vuelvan cuando quieran, sí, de nada…

Y recuerden nuestro lema: ‘¡tenemos su idea!’


 

Los domingos, rastro 02/01/2011

Feliz año nuevo, feliz año nuevo… Me sobran felicitaciones de año nuevo; las regalo, no las quiero, ocupan demasiado espacio en el tenderete. Esto es lo que se encuentra ahora uno tirado por la calle: la misma idea con caligrafía distinta, el mismo eslogan, buenas intenciones o simples ecos. Y el negocio no se sustenta con este tipo de mercancía tan perecedera; ¡hoy nadie quiere ya un ‘feliz año nuevo’ ni regalado! Se vende mal este género. Esta mañana, además, la resaca de tanta fiesta se ha juntado con el frío y la afluencia de público ha sido bastante pobre.

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Yo ya me había presentado alguna vez, pero fue en otro sitio. Ahora trabajo aquí, en el rastro de los domingos. Con el cambio he ganado calidad de vida: curro un día y descanso seis. Y me da para vivir, pero me abstendré de aportar más detalles; podría haber alguien escuchando… Hoy les contaré cómo llegué aquí y, quizá, en las próximas semanas les vaya dando cuenta de la rutina de los domingos, que en este tipo de trabajo a veces se vacía de significado…

Hastiado de una estilo de vida que sin duda me pertenecía, pero al que, a mi parecer, ya había exprimido todo su jugo, un día me fui. Mi equipaje consistía en unas cuantas ideas cogidas un poco al azar y varias mudas limpias; más carga habría lastrado un peregrinaje del que desconocía los datos de destino. Pero no hubo epopeya: partí un sábado persiguiendo al sol, que ya se escondía, y, tras una noche de luna y cervezas, llegué el domingo al alba a una plaza, que es esta, en la que estaban montando los puestos de un rastro, que es este. Anduve hozando un rato por entre hortalizas, pijamas, sierras y pulseras, hasta que, cansado, me detuve delante de un puesto vacío tras el que se parapetaba un vejete de aire afable.

-¿Y usted qué vende? -le dije.

-¿Yo? Nada, ¿no ve? Vengo por rutina. ¿Qué voy a hacer un domingo por la mañana metido en casa?

-¿Dormir, tal vez?

-¿Dormir? No me jodas; duermo aquí mejor que con la parienta al lado. Sin nada que vender, nadie molesta; la gente pasa de largo. Aunque siempre se presenta algún gilipollas un poco perdido tocando las pelotas…

Les ahorraré más detalles de la conversación. Lo que pasó después fue que, tras un intercambio paulatinamente más amable de opiniones, me fui ganando su confianza hasta que me dejó sentarme a su lado. Y este afán mío por robar ideas, que es como un instinto y no discrimina, hizo que inevitablemente me aprovechase de su sueño para desplumarle. Y entonces, juntando sus ideas con alguna de las que ya llevaba conmigo, lo vi todo claro.

Esperé a que se despertara. Todavía era temprano y apenas había actividad. Y sé que el pobre hombre habría estado de acuerdo con lo que hice. Yo, que siempre me había dedicado a robar ideas para vendérselas de nuevo a las mismas víctimas, esta vez usé el botín para mi propio beneficio. Se despertó con una ligera preocupación, me dijo que necesitaba ir al servicio y me pidió que le cuidase el puesto mientras se ausentaba. Tras perderle de vista al doblar una esquina en busca de alguna cafetería abierta, desmantelé el tenderete, recogí hierros, tablas y lonas y me lo llevé todo unas decenas de metros más arriba, al otro lado de la calle, a un rinconcito lo suficientemente discreto, un espacio ocupado durante años por un zapatero con fama de llegar siempre tarde.

Sé que el viejo habrá agradecido mi actuación, y sé también dónde estará ahora y qué vida ya olvidada habrá recuperado: a pesar del vergonzoso expolio, le dejé alguna idea que, a juzgar por lo desgastada que se veía, parecía llevar rondándole bastante tiempo. Al zapatero le mandé directamente adonde había estado este tenderete que ahora me pertenecía y se fue resignado, sin plantarme cara, pues yo era mucho más alto y más fuerte (y más guapo, pero eso ahora no viene al caso). Y aquí me tienen ahora, vendiendo ideas, sobreviviendo al sopor vital con relativa tanquilidad, contándoles mis cosas… El domingo que viene empiezo.


 

II domingo de rastro 09/01/2014

Les contaré hoy sobre una venta de hace unas tres semanas. Me vino un hombre de unos cuarenta años con una bolsa de esas de tienda de ropa en la mano.

– Hola, buenos días. Mire, tengo un problema con esto -dijo, apoyando la bolsa y abriéndola para mostrarme su interior.

– A los buenos días. Lo siento, pero me temo que se está confundiendo de puesto; como verá, aquí no vendemos prendas de vestir.

– Ya, ya, lo sé, lo sé. Ya sé que no compré la ropa aquí. No vengo por la ropa. Bueno, sí, sí vengo por la ropa, pero no a descambiarla. Y no es que me siente bien, bueno, sí…

– Vale, vale. Vayamos por partes. A ver, dígame exactamente qué es lo que le trae por aquí.

– La ropa.

– Ya, la ropa ¿Y qué tiene la ropa? Quiero decir, ¿qué puedo hacer yo con ella?

– Es este jarsey…

– Jersey.

– Sí, el jarsey…

– Jersey.

– … Me lo compré ayer. Mire, es bonito, con un punto muy fino. Y estos colores…. La verdad es que tiene unos tonos que me favorecen a la cara.

– Le entiendo.

– Bueno, lo compré un poco a la carrera; sí que me lo probé y todo eso, pero yo no valgo para ir solo a comprar ropa…

– Claro.

– Es que era una urgencia. Es para una cena con antiguos amigos…

Era para una cena de esas de antiguos amigos, un evento que es en sí mismo muchas veces la justificación y la única evidencia de dicha amistad, una cena de esas que tanto se repiten por estas fechas.

El atribulado hombre había ido de compras a última hora en busca de algo de ropa para aparecer en la cena con una imagen distinta, con el aspecto renovado de quien es en sí mismo reflejo del flujo vital y no aquel ser que ya es pasado, para no acabar saliendo en las fotos vestido igual que en las de los años anteriores. Por el qué dirán. Y al llegar a casa se había probado su jersey nuevo buscando el beneplácito de su madre (vivía con sus padres. Matrimonio fallido. Las confianzas que los clientes se toman con vendedores y tenderos siguen siendo incomprensibles). Y dijo su madre que para dónde había mirado, que dónde iba con un espantajo así, que le hacía unas formas raras en los hombros, que le tiraba de la sisa y le quedaba corto por la parte de abajo, amén del cuello redondo que tan poco le favorecía.

Y ahora a lo que venía era a por una idea; la cena era por la noche y no sabía qué hacer. Se le presentaban dos opciones: ir con el jersey y rezar para que nadie reparase mucho en él o, por el contrario, llevar puesto lo mismo de siempre, la camisa esa de rayas con la que salía en las fotos que sus contactos iban subiendo al Facebook, la de las dos cenas anteriores, la de la comunión de su sobrina, la de las jornadas de economía industrial con la gente del trabajo…

Casi sollozaba, desahuciado como se veía. Le pedí que se calmase y le ofrecí un pañuelo de papel para secarse los bordes de los párpados, que amenazaban lluvia; me acerqué a él con la excusa de ajustarle yo mismo el jersey para ver si se podía hacer algo y fue entonces cuando le sustraje la idea que después acabaría vendiéndole (y a qué precio: uno puede dar hasta su alma para que le aparten la espada de la cara o para que le abran una puerta en la pared que le empuja por la espalda).

Tras un bien, ejem, veamos, un ceño fruncido y estudiados silencios, le hice entrega de una idea a la que di un barniz de originalidad y con la que se quedó la mar de contento, con una sonrisa torpe en la cara y una satisfacción interior imposible de disimular. Como para que le entrase mejor por los ojos le había dicho que era una idea que le podía servir para muchos más eventos sociales, me confesó mientras se volvía que posiblemente la usaría también para Nochevieja. Y así se fue.

¿Y cuál era esa idea que tan convencido me compró? Pues ni la de salir con el jersey ni la de hacerlo con la misma indumentaria de siempre, sino, simplemente, la de no salir.

Y esa noche se quedó en casa con sus venerables padres viendo la película de la semana, todo tranquilote, en el sofá, con la manta por encima. Y la Nochevieja la pasó en el mismo sitio y en la misma compañía, viendo a la Igartiburu y a la recua de artistazos que por allí desfilaron.

Desconozco si tendrá pensado seguir usándola en futuras ocasiones, porque, como le previne, por su propia naturaleza, es una idea que tiende a pegarse más a la piel cuanto más se usa y después es muy difícil deshacerse de ella completamente… Qué gran compra. Qué gran venta.


 

III domingo de rastro 16/01/2011

Hoy me he sentido como un Robin Hood moderno, como un superhéroe de los que bajan gatitos de los árboles o ayudan a los ancianos a cruzar la calle.

Deambulaban por el rastro dos jóvenes de apariencia anodina, insignificantes dentro de la caterva de personas y personajes que lo jalonan cada domingo. Terminaron llamando mi atención un rato después por sus extraños desplazamientos, desacordes con el baile inercial del resto de la masa. Iban de puesto en puesto, hablando con los tenderos sin fijarse aparentemente en lo que vendía cada uno. Acabaron llegando al mío y entonces pude saber.

Estaban nerviosos y hablaban con prisa, levantando a veces la voz, disgustados, como ultrajados. Y su historia comenzaba la madrugada que entraron en una discoteca a robar. Habían cogido todo lo que habían podido: equipo informático, de sonido e iluminación, la caja registradora, bebidas, documentos y alguna joya de la caja fuerte… Les faltó llevarse alguna cubitera y las perchas del ropero.

Cuando fueron con la mercancía al hombre que les había hecho el encargo, este les ofreció por todo 5.000 euros, una cifra muy alejada de los 10.000 que en un principio se había comprometido a pagarles. Se quedaron estupefactos y se fueron de allí sin hacer el trueque, muy cabreados y con serias dudas sobre la mejor forma de resolver todo aquello.

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Y unos días después, a punto de aceptar los 5.000 euros, vieron por la tele una noticia en la que se refería el suceso y se mostraban las imágenes grabadas por una cámara de seguridad ubicada en lo alto de un pilar y en la que no habían reparado. Podía verse cómo entraban a través de un agujero en el techo y cómo iban rompiendo puertas, tirando el mobiliario y sacando bultos. Eso, lejos de asustarles, pues ambos llevaban pasamontañas y guantes, les provocó una especie de orgullo, que no les duró mucho tiempo: a la vez que se emitían las imágenes de la cámara, un titular superpuesto rezaba: “encapuchados roban en discoteca por valor de 18.000 euros“.

Y tanto les indignó la cantidad de euros que acordaron acercarse hasta aquí, hasta el rastro, para ver si alguno de esos tenderos con fama de tener el negocio diversificado les ofrecía tal cantidad de dinero por la carga. No habiendo tenido fortuna con ninguno de los anteriores, acabaron delante de mi puesto con claros síntomas de desesperación. Y entonces me pusieron a huevo la posibilidad de sentirme como un justiciero vengador.

No necesité acercarme a ellos porque lo llevaban escrito en la frente: ‘Somos gilipollas‘. Así, desde la distancia y ofreciéndoles mis servicios gratuitamente, les mostré la mejor solución… A continuación, ellos, dando por buena mi sugerencia, se fueron directamente a la misma discoteca de la que habían sustraído todo con la intención de revendérselo, benditos…


 

IV domingo de rastro 30/01/2011

Todas las ideas tienen un padre y una madre. La paternidad suele estar muy clara; al menos, cada padre está muy seguro de su autoría y puede relatar con pelos y señales cómo fue el momento de la concepción. Ahora bien, la madre, tratada de distinta manera según el caso, es casi siempre la misma: la circunstancia. Y es de ella, además, de quien la idea recibe todo su material genético. Y es por esto último por lo que al final las ideas nacidas de la misma madre no difieren en nada y cualquier sujeto despistado puede acabar cargando gustosamente con el papel de padre a poco que le sea sugerido, sin sospechar lo más mínimo de la ascendencia de la criaturita.

Viene esto a cuento de lo que voy a referirles a continuación: el año pasado, declinando ya el verano, vino a mi puesto una señora del barrio. Traía un par de camisetas de un color naranja chillón. Las extendió delante de mí y me dijo que eran de sus nietos, de las fiestas del verano.

Tienen los de la comisión de fiestas la costumbre de hacer cada año una tirada de camisetas conmemorativas, con algún dibujo prediseñado tan inapropiado como incomprensible y algún texto acorde a la originalidad del motivo gráfico. En estas, una iglesia de aspecto infantil, que ni siquiera se correspondía con la de la parroquia, aparecía acorralada por la leyenda de ‘Felices Fiestas San Tonano 2010′. Unos días antes de las fiestas, reparten las camisetas entre niños y mayores del barrio para conseguir un mayor ambiente festivo durante los días que duran las celebraciones en honor al mártir.

El problema viene cuando los de la comisión se dan por satisfechos con el simple gesto de hacer camisetas, pero se despreocupan totalmente de su calidad y aspecto. La señora que había venido a verme se quejaba amargamente de las hechuras de las prendas, más anchas que largas, imposibles de reutilizar por niños bien más allá de los fastos que conmemoraban. Y no sabía qué podía hacer, porque le parecía totalmente indigno tirarlas a la basura.

No me costó mucho apropiarme de la idea que a continuación le vendería, pues era esta una de esas mujeres que cuando sale de compras lo lleva todo en su serón sin orden ni concierto, con todo a la vista. Le sugerí a la buena señora que no tirase nada, que fuera a ver a Doña Pacita, una agradable anciana que se dedicaba en la parroquia a recoger ropa que después llevaba a las monjas, que eran quienes se encargaban posteriormente de su distribución y reutilización.

-Mire, así hace usted una buena acción y a la vez se quita un problema de encima -le dije.

¿Qué pasó después? Pues que mucha más gente se había ido encontrando con el mismo problema a medida que había ido haciendo limpieza en su casa y había venido a mí buscando una solución. Fue un buen negocio aquel: a partir de un solo hurto pude hacer varias docenas de ventas (es lo bueno que tienen las ideas sin copyright).

Y del mismo modo en que una sola idea había sido copiada y vendida más allá de lo honesto, también un solo hecho fue suficiente para que todos y cada uno de los clientes a los que se la vendí se acercaran a mi puesto con una enorme sonrisa de satisfacción en su cara, relatándome, maravillados, el gozo que les había invadido al ver por televisión, en una noticia del telediario sobre algún campamento de refugiados en África, ese continente que despierta en nosotros tan fácilmente la compasión, a un niño vistiendo su camiseta, aquella que él mismo (o ella misma) había donado a las monjitas.

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Por supuesto, cada uno de ellos desconocía lo que habían hecho los demás y a ninguno se le había pasado por la cabeza la posibilidad de que la que vieron en la tele no fuera su camiseta. Ninguno ha vuelto a pasarse por delante de mi puesto, pero estoy seguro de que habrán aprovechado cualquier oportunidad para contar su hazaña delante de otras personas y así, poco a poco, cuando la misma historia haya acabado saliendo de distintas bocas, se habrán ido dando cuenta de la realidad, de que a día de hoy quizá cientos de camisetas naranjas de San Tonano 2010 circulen por todo el mundo y no sirvan únicamente para vestir al pobre negrito, que a lo mejor la suya es esa que tanto aprieta al vagabundo que suele parar en el comedor social de la parroquia, o que la hicieron jirones para rellenar un cojín sobre el que ahora descansan sus probas posaderas.

Confío en que su orgullo les impida confesar que la idea no fue suya y así mi indecente manera de actuar quede impune y yo, por ello, tranquilo.


 

V domingo de rastro 06/02/2011

“Volvía del trabajo. Era de noche. Sin luna. Me había demorado un poco en salir y a esa hora apenas había circulación por la carretera. Cruzar pueblos era como desfilar bajo la atenta mirada de crítica y prensa especializada: disminuyendo el ritmo del paso, pisando con suavidad, mirando al frente, esperando cruzar la pasarela para volver al ritmo frenético previo a la repetición del acto en una pasarela distinta. Fuera de los pueblos y los polígonos industriales, las miradas inquisitoriales de las farolas desaparecían y el espacio se contraía. Como cualquier otra noche.

» Pero entonces, en un punto incierto, un especie de niebla recortada, una nube baja, solitaria, densa, fusiforme apareció delante de mí, cruzada en medio de la carretera. Y al atravesarla tuve la convicción de que, de algún modo, había cruzado una puerta hacia un mundo paralelo. Supe, entonces, que cuando llegara a casa me estaría esperando mi dulce esposa, que mis cariñosos hijos se lanzarían a mis brazos en una competición por demostrar quién de ellos había tenido un día más extraordinario. Supe también que madrugaría al día siguiente para volver al trabajo del que esa noche regresaba, que era bueno, demasiado bueno, un alto cargo en una importante empresa (y perdona que sea tan escueto con los datos); y que en vacaciones iríamos a Roma, que nos había dejado una grata sensación cuando la visitamos en el crucero por el Mediterráneo al que nos habíamos apuntado el verano pasado.

» Estaba plenamente convencido de todo ello y lo asumía con naturalidad, con la naturalidad que me otorgaba la certeza de saber que todo aquello que me estaba ocurriendo era por dictado de la justicia divina, que por fin había pronunciado sentencia y había resuelto en mi favor.

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» En eso iba pensando cuando, repentinamente, otra nube baja de similar apariencia a aquella anterior apareció en mi camino, unos quinientos metros más adelante, no mucho más, y, por el estado de ensoñación en que me encontraba, que me impidió reaccionar a tiempo, la atravesé y al punto de hacerlo caí en la cuenta de que había vuelto del breve viaje a aquella dimensión paralela a la que en justicia pertenecía y de que ahora volvía a ser el mismo ser mediocre de siempre, que volvía a casa de mis padres, que ninguna amantísima esposa me esperaba, que estaba asustado porque en la empresa en la que trabajo de teleoperador timando a viejos con unas promociones de mierda, ya sea para alguna compañía de telefonía o para alguna de seguros, habían empezado a echar a gente a la calle y porque yo, que no consigo llegar al mínimo de ventas exigido, podía ser uno de los siguientes en caer…

» A lo que voy: quería saber si usted tendría por ahí alguna idea que pudiera servirme para regresar a aquella dimensión en la que, durante unos segundos que fueron eternos, fui feliz“.

Le he robado todas las ideas que llevaba, pero he sido incapaz de venderle ninguna. Como excusa, le he dicho que ideas de eso que me pedía no me quedaban, que la última se la acababa de llevar cierto actor venido a menos (me ha preguntado, con cierto morbo, el nombre, pero al decírselo no ha caído).

Y no he podido venderle ninguna idea sencillamente porque, al echarles un furtivo vistazo, he visto que no me servían, que él, lejos de ser un loco, estaba seguro de que todo había sido una paranoia, un subproducto de su mente y venía a mí en realidad por compartir con alguien la grata sensación que había tenido sin parecer ningún tarado, ningún perdedor, con la excusa de hacerme conocedor de lo que demandaba, pero enteramente consciente de que aquello no había sido más que una ilusión pasajera, un momento de melancólica lucidez y de que contándomelo a mí conseguiría el mismo efecto que descargándose delante de un psiquiatra, pero a un precio mucho más ajustado.

-¿Tenía la radio encendida?

-¿Eh? Sí.

-¿Y puede saberse qué sonaba?

-Esa de John Grant, la de I wanna go to Marz.

-Mmm… No vuelva a hacer eso. Para la próxima, escuche, mejor, una de Lone Wolf que dice…


 

Domingo sin rastro: mar y monte 13/02/2011

Al rastro viene mucha gente. Hasta mi puesto se acercan muchas personas. Pero todo es relativo, mucha gente no es la mayoría de la gente; ni de lejos. Más allá también hay vida, vida propia.

Hoy, ni siquiera yo fui al rastro. Mi puesto hoy no abrió, para pesar de algún alma desamparada.

En mi puestito de los domingos soy el jefe, los clientes vienen a mí como si de un oráculo se tratase, sin percatarse del fraude, inocentes. Pero ay de mí cuando estoy entre personas de las que nunca necesitarían de mis servicios. Entre ellos soy yo el que siempre va detrás, el que carga con las preguntas. Y en tales ambientes no hay quien robe ni migajas. Para conocer las ideas que manejan los que no precisan de un agente externo para encontrarlas, uno ha de hablar pacientemente con ellos, sugerir, insinuar, en una suerte de trabajo que tiene más de escultor que de entrevistador o de juez en un interrogatorio, buscando la forma de la idea y teniendo siempre presente que a la roca no se la ataca igual que a la madera, o que al papel, o que al agua…

Hoy no fui al rastro porque fui a la montaña. Está bien respirar de vez en cuando aire limpio. Y estoy orgulloso de mí mismo porque supe separar el trabajo del ocio y todas las ideas nuevas que me traje las conseguí mediante buenas mañas. El agua fue un compañero más durante todo el camino, fue como ese compañero pesado que ocupa el asiento de al lado en el autobús en las excursiones del colegio, y unas veces nos contó que era lluvia; y otras, que granizo; y otras, que nieve. Y solo calló cuando, de tanto hablar, se le quedó la boca seca.

Nos acercamos además hasta un pantano, el pantano. Y bajamos por un lecho de hojas de roble, y vimos, en la orilla, líneas que el agua, en su fluctuación, había dibujado con ramas y raíces.

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Y a continuación, nos despojamos de disimulos y nos pusimos manos a la obra con la principal razón que nos había llevado hasta allí: comenzamos a tirar piedras para despertar al leviatán

Piedras, pero también gritos, restos de bocadillo y tortilla a modo de cebo… Pero nada fue suficiente: no hubo rastro de los cachalotes.

Para no irnos de vacío, alguno se puso a recoger restos de urces, maderas retorcidas por el quebranto y el viento, muy escultóricas, de las que piden a gritos una bombilla encima para pasar a llamarse lámpara (esto me lo dijeron más tarde). Yo, que no disponía de ideas frescas, pregunté inocentemente:

-¿Y con esto qué se puede hacer después?

Y algún desengañado dijo:

-Tirarlo… O calentarse.


 

VI domingo de rastro: humanos vs. cebollas 27/02/2011

Esta mañana el rastro no ha estado muy transitado, al menos mi puesto, lo cual no sé si es bueno o malo. Con una visión cortoplacista, podría decir que no ha sido tan mala noticia, principalmente por el tiempo libre que la inactividad suele llevar parejo.

Pero para decirles en lo que he empleado las horas muertas del día de hoy, comenzaré por el principio:

Estaba yo distraído organizando mi puesto, colocando ideas de saldo en los lugares más vistosos, reescribiendo algunos carteles de precios, cuando una mancha blanca cruzó mi campo de visión, sacándome de mi tranquilo ensimismamiento y obligándome a enfocar más allá del mostrador. Entonces vi que la mancha era en realidad un científico (tan bien caracterizado que no había opción a equivocarse). Por lo que se veía, el hombre venía de comprar en un puesto cercano de hortalizas y frutas y había agarrado tan precariamente el paquete en el que llevaba la mercancía que algunos tomates se le habían caído al suelo, rodando delante de él como si huyeran de un cruel destino consabido. El pobre hombre se había agachado para atraparlos antes de que pudieran provocar un quebranto mayor y, como consecuencia de tal postura, unos bolígrafos se le habían resbalado desde el bolsillo de su bata blanca, dando con el mismo suelo que ya había recibido el impacto de las hortalizas, por lo que, sin erguirse, andando cual chimpancé, continuó avanzando durante varios metros en una postura que habría hecho sonrojarse al mismísimo Darwin.

Fue a continuación cuando, siguiendo con el festival de despropósitos, también varias ideas parecieron querer continuar con la juerga y cayeron al duro asfalto. El problema es que de estas, que no hacen ruido, no se percató y, claro, he sido yo quien las ha recogido, pero con el ánimo siempre presente de devolvérselas en cuanto vuelva a pasar por delante de mi puesto.

He empezado a echarles un vistazo y aún estoy en ello. Son ideas un poco farragosas, llenas de tachones. Miren, aquí tengo una excusa preparada para su mujer por si llega tarde a casa, y aquí, una idea para quitar de la bata manchas de grasa; hay otra que pretende poner en práctica para ahorrarse dinero con la factura de la luz,…

Pero la idea que más me ha llamado la atención es una sobre supervivencia de las especies, que por lo que veo es a lo que más tiempo le está dedicando últimamente. Está centrado en la supervivencia de especies vegetales. Y es que anda con una teoría un poco extraña sobre los mecanismos de defensa de algunas hortalizas. Todo esto es un poco complicado para alguien como yo, que ni es de ciencias ni de letras, pero trataré de resumírselo lo mejor posible.

Las plantas poseen un patrón de conducta lineal según el cual actúan de forma directa ante cualquier estímulo. Frente a cualquier agresión, se desencadenan en su interior una serie de reacciones químicas por las que se liberan una serie de sustancias que tratan de repeler el ataque y que, efectivamente, son capaces de detener a casi cualquier parásito. A esto, los científicos lo llaman primera línea defensiva.

Existiría una segunda línea defensiva, que es una medida drástica: le célula se inmola llevándose por delante también la vida de su agresor, protegiendo así al tejido circundante.

Piensa nuestro científico que la cebolla, que es una de las primeras plantas cultivadas por la humanidad, ha evolucionado poco (o nada) en cuando a esta segunda línea defensiva, pero que llevamos tantos años de relación cebollas y personas, que aquellas han tenido el tiempo suficiente para llegar a conocernos y evolucionar de acuerdo a lo que ellas supusieron que sería la manera idónea de frenar nuestros ataques y, como efecto directo de su acción, acabar con nosotros.

Podríamos decir que en el principio la cebolla fue una cosa, un elemento indivisible, con una primera línea defensiva que, al igual que otras muchas plantas, actuaba emitiendo una serie de inhibidores de proteasas (que son las enzimas digestivas de los herbívoros) que provocaban que los bichos que las comían no pudieran aprovecharlas y, así, acabasen dejándolas en paz. Pero vieron más tarde que los humanos, insaciables tragones, poseídos por una gula sin parangón en el mundo biótico, no reparaban en tales inconveniencias.

Ahí, la guerra sin cuartel se decantó del lado de los humanos. Entonces, las cebollas, sin prisa, pero sin pausa, trataron de conocer mejor al ser humano. Y para no quedar demasiado desprotegidas en el ínterin, optaron por una absurda estrategia consistente en multiplicar su primera línea defensiva hasta el infinito, sin saber muy bien qué responder cuando el pimiento o la calabaza les interrogaban por una decisión tan inconsciente. Fue en ese momento en el que la cebolla pasó a tener la apariencia actual de pelota formada por múltiples capas.

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Poco tiempo después, se produjo lo que el grupo de los vegetales consideró “un gran salto cualitativo en la evolución“, que consistió en un nuevo mecanismo de defensa basado en sustancias volátiles. La cebolla vio aquí una oportunidad para poner a su favor el desarrollo de su lucha abierta contra los humanos. Por aquel entonces, ya sabían que el ser humano (que de aquella no era como tú o como yo, sino un poco más bajito y con dedo y medio de frente), más que ningún otro depredador, se regía por las emociones, y vieron ahí su flanco débil. No me digas cómo, porque es una cosa que nuestro científico todavía no tenía atada, llegaron a saber que dichas emociones se regían desde el hipotálamo, una cosa que no estaba ni en la mano que las arrancaba de la tierra ni en el cuchillo que las tronzaba y que, por tanto, era en principio inalcanzable.

Comenzaron a hacer todo tipo de pruebas con multitud de sustancias hasta que dieron con el sulfóxido de tiopropanal, un gas que actuaba como agente lacrimógeno y sobre el que depositaron todas sus esperanzas.

En la guerra entre humanos y cebollas, las cebollas apelaron a nuestra emotividad, a lo más profundo de nuestros sentimientos; relacionaron el lloro con la pena más grande, con la tristeza que le paraliza a uno y le impide actuar; y lo relacionaron también con el sentimiento más humanos de todos, con el amor. Así, entendían que el sulfóxido de tiopropanal llegaba a nuestro hipotálamo y modificaba su conducta en su favor. Prueba de ello, aseguraban ufanas, eran nuestras lágrimas.

Rápidamente, todas sus capas o líneas de defensa, jugándoselo todo a una carta, se especializaron en el nuevo mecanismo de defensa, olvidando aquella primera línea consistente en inhibidores de proteasas.

Y ese fue, piensa nuestro científico, el punto de inflexión a partir del cual la guerra cuyo origen se perdía en la noche de los tiempos cambió su rumbo y terminó decidiéndose a favor de los humanos, pues el picor de ojos, al contrario de lo que habían pensado erróneamente las cebollas, no tenía nada que ver con nuestras emociones y no era sino una leve molestia sin ningún tipo de perjuicio para nosotros. Y para mayor humillación de las pobres hortalizas, al abandonar el uso de aquellos inhibidores que nos impedían aprovechar sus nutrientes, comenzamos a beneficiarnos de todas sus grandes cualidades alimenticias.

Actualmente, las cebollas han perdido el interés en una evolución basada en una victoria sobre el ser humano y han caído en un conformismo que el mundo vegetal observa con preocupación por el terrible ejemplo que pudieran estar dando a otras especies. Cuando la patata o el tomate les afean su conducta, ellas argumentan que los malditos humanos, con tanto consumo desmesurado de recursos, ya están en el buen camino hacia su desaparición absoluta.


 

Carnaval de Dunkerque 13/03/2011

Ya sé que este tipo de cosas es mejor avisarlas antes que después, pero no podíamos contarlas sin haberlas vivido en persona. Profesionales que somos.

Sabemos también que este asunto hoy ya es pasado, pero la intención del artículo es la de informar ya con vistas a la cita del próximo año; no se me quejen.

Los dos carnavales con mayor resonancia de Francia son el de Niza, en el sur, y el deDunkerque, en el norte. Del de Niza, que no conozco, pueden informarse buscando por ahí. Ahora bien, el de Dunkerque, una ciudad pegada al mar, cercana a la frontera belga, posee una serie de características propias que le hacen diferente a todos los demás.

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Para empezar, su duración: los festejos se extienden a lo largo de seis semanas. Y durante todo ese tiempo, la ciudad es una fiesta continua, las diferentes bandas de música se encargan de animar las calles y arrastrar a las masas en sus desfiles. Existe, además, toda una serie de canciones populares que no dejan de oírse en ningún momento.

La conformación de estos originales carnavales es un tanto confusa, pero parecen tener un claro origen ligado a la pesca. Y es que, a principios del siglo XVII, Dunkerque era una villa de pescadores en la que los armadores organizaban todos los años una comida y una fiesta para despedir a los marineros que partirían rumbo a Islandia, donde permanecerían durante seis meses.

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Los actuales disfraces (clet’che), llenos de colorido, hechos con vestidos viejos, abrigos de piel, pelucas, sombreros, boas de plumas, medias y muy poca vergüenza, podrían tener relación con aquellos primeros festejos; y es que, como los pescadores ya tenían su equipaje hecho, lo único que encontraban en su casa para acudir al evento era la ropa de sus propias mujeres. Por su parte, los músicos se visten con impermeables amarillos como los pescadores de bacalao.

Otro de los elementos singulares es el paraguas, que se cree que apareció como modo de burla hacia los campesinos que acudían con ellos a la fiesta.

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Y por allí estuve yo el domingo pasado, paseándome por entre mujeres de pelo en pecho y voz ronca, sufriendo los embates de la banda y, en general, riéndome con el tremendo despliegue de imaginación y buen humor que nos encontramos por las apestadas calles del centro. Además, el domingo fue el día en que se llevó a cabo el tradicional lanzamiento de pescado desde los balcones del ayuntamiento (que es un privilegio del alcalde), pero lo de la pesca en río revuelto -del arenque ahumado (indicio de cierta evolución)- yo ya se lo dejé a los profesionales y me limité a mirar desde la retaguardia.

Todo esto, en fin, no es más que un breve apunte para poneros en la senda del carnaval de Dunkerque; para completar la información, lo mejor es acercarse al sitio oficial de la Villa de Dunkerque o acudir a la Wikipedia. Eso, o ir a vivirlo en primera persona.


 

VII domingo de rastro: palos al ciego 27/03/2011

Le daba el cambio a un cliente que acababa de comprarme una idea buenísima, según decía él, cuando un ciego (eso deduje por las gafas oscuras, el bastón y el perro) se plantó delante de mi puesto.

Su condición no me sobresaltó, pues un tío como yo, de ahora, sin prejuicios, no discrimina a ninguna persona bajo ninguna excusa, y más hablando de negocios, así que le di los buenos días con amabilidad y le pregunté en qué podía servirle.

-Perdón, su voz no me suena -dijo-. No es usted el zapatero, ¿verdad?

-Ay, señor mío, pues me temo que no, no soy yo el zapatero.

-Pero él tenía aquí su puesto, ¿no?

-Sí, pero la vida da muchas vueltas… Aun así, ¿puedo yo ayudarle de algún modo?

Entonces, empezó a contarme su historia, la historia de la vez que le regalaron un perro, este perro. Al hombre, de edad madura, después de 30 años ciego, unos primos lejanos que habían pasado a hacerle una visita de cortesía le habían regalado un perro, “y no cualquier perro, sino un labrador, que dicen que es la mejor raza para ser perro lazarillo; qué te parece”. Pero lo que le dieron, hacía ya un par de años, fue un perro sin adiestrar, un cachorro que seguramente alguien les había regalado a ellos previamente; y se excusaron en que era una idea fantástica, porque tomar contacto lo antes posible con el perro haría que este se encariñara más con él y la convivencia se hiciera más agradable. “Cínicos, más que cínicos”, repetía el ciego apretando la mandíbula.

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Ha aguantado nada menos que dos años con el chucho, sacándole todos los días a mear, buscando a palpón los rincones más discretos, pero incapaz de controlar en qué lugar y en qué momento decidía el perro satisfacer sus necesidades fisiológicas, si en el verdor de algún parterre o en la punta de algún zapato.

Antes de quedarse ciego, en su juventud, el hombre, aquel muchacho, acostumbraba a pasearse por el rastro y conocía de sobra al zapatero que, en aquellos tiempos, decía él, y hasta hace bien poco, pensaba yo para mí, montaba su tenderete allí mismo todos los domingos. Y por lo que necesitaba de sus servicios, siguió contándome, era porque el maldito perro, un torbellino, pura energía, le había destrozado los cordones de sus zapatos y necesitaba unos nuevos.

Yo, eludiendo su pregunta, evité decirle a lo que me dedicaba, pero le informé de que, oh, sorpresa, casualmente tenía yo por aquí un par de cordones por los que no quise cobrarle, porque “total, ya están fuera de temporada y no creo que consiga venderlos” y que eran realmente, filántropo que es uno, los cordones de mis propios zapatos.

Naturalmente, yo no había perdido el tiempo y toda aquella charla pertenecía desde su origen a la medida actuación que, como siempre, habría de servirme para conseguir vender ideas ajenas. Así, conseguí cogerle del bolsillo de su chaqueta alguna idea, pero, a la vista de su naturaleza, decidí actuar de una manera un poco distinta a la usual.

Y es que lo que hice después de regalarle mis cordones fue indicarle dónde estaba el actual puesto del zapatero, recomendándole pasarse a verle para que le diese un poco de betún y le remendase las punteras, que, a fuerza de dentelladas, estaban hechas una pena. Le orienté hacia su puesto y, con una palmadita en la espalda y un hasta ahora, comenzó a caminar. Y fue un ‘hasta ahora’ porque, alegando motivos de comodidad, le sugerí que fuese él solo mientras yo me quedaba cuidándole al perro.

Los dos sabíamos lo que habría de pasar después, lo que, de hecho, ha pasado. Él se fue sabiendo que nunca volvería a por el perro (un poco avergonzado, pensando en el marrón que me dejaba). Yo me quedé sabiendo que, tan solo como a veces me sentía, la compañía de un perro podría distraerme un poco. Y es que yo no necesito trucos de perro lazarillo, a mí me basta con que pueda lamerme las heridas de los sitios a los que por mí mismo no llego…


 

VIII domingo de rastro: Pritzker para Souto 03/04/2011

Me enteré esta mañana, a través de un cliente: este año, el premio Pritzker de Arquitectura se lo han dado a Souto de Moura. Y buscando por ahí, hay referencias al hecho en todos los medios, pero a veces unas noticias quedan sepultadas por otras, por las que más ruido hacen o las que más luces de colores emplean para llamar nuestra atención.

Y es que la arquitectura de Souto de Moura (Oporto, 1952) es así, discreta y sincera, ajena al espectáculo y al colorín, al artificio de la invención más banal.

El cliente en cuestión era un chaval, un estudiante de arquitectura, según me informó, con atuendo descuidado y unas ojeras que ni las gafas de sol alcanzaban a ocultar completamente. Vino buscando inspiración porque en la asignatura de Proyectos le habían pedido una casa patio, un encargo muy usual en los primeros años de carrera, y al pobre no se le ocurría nada.

En tan mal estado estaba que no tuve que esforzarme demasiado para desplumarle y no guardé ningún recato a la hora de ponerme a estudiar sus ideas delante de él mismo. Así vi lo del Pritzker. Él sabía la noticia, pero (hay que ver qué forma tan ineficaz de pensar) la idea que había sacado de ello era la de que algún día sería él mismo el que se llevaría el premio, el que sería laureado, pues los años de vida que a fuerza de noches sin dormir se estaba dejando en la carrera, en justicia, no podían depararle menor recompensa.

Lo que hice yo fue quemarle todas esas ideas absurdas y dejarle sólo el nombre de Souto de Moura. No le devolví las fotos que los medios, sin originalidad alguna, habían publicado y que él, con similar criterio, había guardado en el cajón de imágenes inspiradoras, porque nada tenían que ver con lo que ahora necesitaba. A cambio, y por un módico precio, le indiqué que indagara en la obra temprana del flamante premio Pritzker, en sus proyectos de casas patio, en la casa en Alcanena, en las de Nevogilde, en la de Maia, o en sus viviendas en Matosinhos.

-Cópielas.

-¿Que las copie?

-Sí, sí, cópielas, no se ande con remilgos ni disimulos. A los genios está recomendadísimo copiarles, fusilar sus obras, pues se corre el conveniente peligro de acabar quedándose uno con alguna de sus maneras, con sus tics de genialidad y eso, en la profesión que usted ha elegido, es algo que nos acabará beneficiando a todos…


 

IX domingo de rastro: los pioneros 10/04/2011

Yo soy, ante todo, un recopilador de ideas. Vendo casi todas, pero siempre me quedo con alguna que, por alguna razón, encuentro particularmente útil. De lo que últimamente me estoy sorprendiendo es de que tengo casi la misma querencia por objetos de las más variada índole que la que tengo por las ideas. A continuación les relato mi última adquisición.

Vinieron esta mañana, mediada ya la jornada, dos personas,  que resultaron ser padre e hijo, hacia mi puesto. Al llegar ante mí, fue el hijo quien se adelantó. Al padre no se le veía muy convencido de lo que estaban haciendo. Se acercó como a regañadientes, reprochándole algo desde detrás.

-Perdónele -se disculpó el hijo después del pertinente intercambio de saludos-. A él no le parece bien venir a verle a usted en vez de ir directamente a otros puestos. Pero ya le he dicho yo que necesitamos su ayuda para saber cuáles son esos otros puestos a los que tenemos que ir.

-No entiendo nada, caballero.

-Es que aún no le he explicado nada. Esto se lo decía más bien para que él lo escuchase, que no quiere entrar en razón.

-Pues usted dirá.

-Verá, tenemos… Algo… Y queremos venderlo, sacar unas perras por ello… Pero no sabemos adónde tenemos que dirigirnos. Y necesitamos una idea.

-Empiezo a entender. ¿Y qué es eso de lo que quieren deshacerse?

Padre e hijo se miraron, como temerosos, dubitativos, inseguros por si lo que guardaban merecía tantas precauciones o estaban representando una especie de espectáculo bochornoso. Abrió el hombre más joven la mochila que llevaba a sus espaldas y sacó, envuelto en papel de cocina, un objeto del tamaño de una cuartilla. Se lo pasó al padre, que lo desenvolvió con tanta ceremonia como poca habilidad.

-Verá, es que es un objeto querido, una especie de recuerdo familiar -aclaró el hijo, como excusando la aparatosidad con que el padre procedía.

Y esto que aquí ven es lo que me mostró, la placa de la Pioneer

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Mientras yo trataba de disimular mi gesto de perplejidad, el hijo continuó relatando el origen de semejante recuerdo: el día que él nació, allá por los inicios del verano del 73, su padre descubrió por casualidad entre la maleza una plaquita dorada que inmediatamente, debido a la feliz coincidencia, pasó a formar parte del ajuar de la criatura. No era un objeto demasiado bonito (como toda la vida se encargó de recordarles su madre), pero lo cierto era que los reflejos dorados velaron muchas siestas de aquella nueva vida.

Y ahora… Bueno, ahora andaban escasos de dinero. La puta crisis, decían. Y querían una buena idea para sacar el mayor beneficio posible por su venta. Les daba pena desprenderse de ella, pero tenía pinta de ser oro eso que la recubría y tal vez consiguieran un buen pico para sortear durante un tiempo su actual situación.

-Se lo compro yo -les dije, incapaz de resistirme ante semejante objeto-. O se lo cambio. Se lo cambio por una idea, por una gran idea, por la idea más cara que tengo sobre la mesa, una idea que les ayudará a resolver todos sus problemas económicos, los de ahora y los venideros.

Les enseñé la idea, que en algún momento perteneció a algún ricachón preocupado por la seguridad de su fortuna creciente (a ustedes, como comprenderán, no se la voy a contar) y les pareció tan buen negocio que no hubo ni intento de regateo.

Mi teoría para el hecho de que esta placa esté ahora donde está es que, cuando lanzaron alguna de las dos sondas que la portaban, una de ellas pudo soltarse a causa de algún tornillo flojo antes de atravesar la atmósfera y acabó cayendo donde ellos finalmente la encontraron; pero, naturalmente, se admiten las suyas propias.

Quizá mañana le ponga un marquito y la cuelgue al lado de la tele…

 

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