Fuisteis no llevaba tilde

Nada pasa, pero todo está en el aire, tan real, tan palpable, tan horrible. Respiras  miedo. Y lo hueles. Huele a sangre. Ese hedor insano, obsceno. Y en cualquier momento todo puede cambiar de color. Todo. Todo es todo. Tú también. Quedarás manchado para siempre. Aunque no es la mancha lo que más te preocupa. Con no mirarte, es suficiente. Lo que opine la gente te la trae floja. Tu maldición se encuentra en el olor. El olor será tu tortura, el recuerdo perenne, la losa en la conciencia. Sí, ese olor, el perfume de la muerte que pudiste respirar en ocasiones pretéritas, cuando no se antojaba tan personal y oscuro, cuando sólo era indicio de una presencia residual. Entonces no pensaste que todo era parte del entrenamiento, simplemente lo diste por cerrado, era lo que era, nada más. Pero tu cerebro hizo su trabajo, calladamente, y ahora te viene al recuerdo aquello que creías olvidado. Duele porque entonces era parte del juego. Todo era parte de un juego inaprensible y liviano. Unas mínimas partículas olorosas te han puesto en alerta. Tu presión sanguínea ha aumentado hasta hacerte sentir el preludio de un ahogo. Ahora sabes cómo se siente quien muere aplastado bajo el peso de algo desescalado y monstruoso, como una apisonadora, por ejemplo. No, no lo sabes, te has vuelto precavido. Ahora sabes que no lo sabes. Es como con la sangre que ahora hueles.  No es como aquella. En ésta nadan muchas cosas que también son tuyas. Por qué tiene esa manía el corazón de llamar la atención cuando más necesitas la tranquilidad para pensar. No sabes cómo hacerle callar. Parece como si cada vez que te volvieras hacia él para recriminarle su indiscreción se alborotara con mayor denuedo. Piensas que podían haberte enseñado a no saber jugar. La vida no es un juego, aunque a veces se le parezca. Si no, le llamarían juego. Pero se llama vida. Y si existe es por contraposición a ese otro término, que la completa. Porque la vida no es vida sin muerte. Si no, sería un juego. Ya, ya, eso ya lo pensaste, no te dejes llevar, despierta. No es un juego. La vida es todo lo que tienes para luchar contra la muerte. Pero cuando la muerte ronda, es difícil encontrar un escondite para tu bien más preciado. Ahora lo ves como tal, como tu bien más preciado. No te habías dado cuenta de que es lo único que realmente tienes hasta este momento. Es la vida. Lo otro ya no vale. Nunca debió valer. Pero te dijeron que era un juego. Que enseñaras los dientes, que vieran cómo te reías tú de la vida, que disfrutaras mirando hacia atrás. Y lo hiciste, mierda, eso fue lo que hiciste, mirar hacia atrás, para ver los gestos de impotencia en tus perseguidores. Te gustaba girar la cara y guiñar a quien cruzara su mirada con la tuya. Campeón. Pero ya te dije que la vida no es un juego. Ahora, te lo dije ahora. Antes también, pero tú tenías poco tiempo para todo lo que no fuera conservar tu posición. Y corrías en el aire. Escupe hacia dentro, sí, hazlo, si puedes, que eso no mata y reconforta. Aunque ahora te parece poca penitencia. Poca para ti, pero también para los demás, pues tan culpable eres tú como ellos, como quien te tuvo engañado desde el inicio. Eso, no es culpa tuya; fueron ellos quienes te llevaron hasta aquí. Tú no fuiste. Tú qué sabías. ¿Hueles esa sangre? Ah, bien; pensé que olvidabas el asuntillo que teníamos entre manos. O tenías; que es tuyo, pues nadie más está contigo. Soy tú. Oh, no me digas que aquí también has sido engañado. ¿Por quién? Por ti mismo. ¿Exigirás entonces para ti esa penitencia que hace unos instantes pedías para ellos? Ah, cobarde. Vaya, otra vez el corazón, que se pone tonto. Hazlo callar, vamos, haz que vuelva la calma, aunque ello suponga abandonar sin resolver el problema. Cobarde hasta la muerte. Cobarde para la muerte. ¿Piensas hacerlo con eso, con ese puñal tan sucio? ¿No crees que tú eres digno de algo más lustroso? Sí, por ejemplo, ésa es una buena idea: la pluma de plata que llevas en el bolsillo de la camisa le daría más clase a tu final. Venga, firma. Ah, pincha. A ver si ahora mejor… Ese olor, ahora lo hueles también dentro. Es tuyo. Y aquel entrenamiento… para qué. ¿Acaso ganamos mucho sabiendo que es así como huele la sangre? Por qué no prepararán para esto. Por qué perderán el tiempo con los putos momentos previos. Qué más te da saber que vas a morir. A ti lo que te valía ahora sería saber morir. ¿Una oración? ¿Algún pensamiento dedicado? No, todo se precipita sin demasiado orden, sin respeto. Esto eres tú. Y hasta aquí. No queda tiempo.


 

18/08/2007

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