Un cuento en 15′

Un cuento, como este mismo, para  contar en quince minutos, porque son más de las seis y media. Con un personaje principal, como yo mismo, como el yo mismo que alguna vez he fantaseado con ser. Que surge sobre todos los impedimentos posibles, o casi; que necesita ser gritado. Ahí estoy yo, buscando un destino (dilucidando el mío, quiero decir, por culpa de mi humana curiosidad), o tratando de buscar un sentido a lo que me acontece, jugando con lo de fuera para ordenar lo de dentro. Así es siempre, ¿no? Puedo inventarme con lo inmediato o darle un trabajo previo un poco más duro a las neuronas. Me cuesta verme como alguien de, pongamos, veintisiete años. Pues ea, seamos de esa edad, por intentar que con el ejercicio pueda sacarse algo en claro. Quién dice la verdad, los que aseguran que se dice a voz de pronto o yo, que toda la vida he ido haciendo las cosas que improvisaba así, a bote pronto. Me creo más lo segundo. A bote pronto decidí un día (sí, hoy) ponerme a indagar, leer las señales, interpretarlas bajo los dictados tan brumosos de mi conocimiento, obedecerlas, aborrecer su mensaje, desafiarlas o dar media vuelta. Y me cansé. Sucede que me canso previamente a la actividad. Se trata, pues, de un cansancio sin secuelas. Y, con esto, suelo evitarme los eventuales peligros de la acción que deviene como materialización de la voluntad. Los cuentos suelen contarse en pasado y por eso este cojea, aunque no sólo. Podría contar que una llamada me sacó del ensimismamiento y hube de abandonar la investigación cuando estaba a punto de golpear en la puerta; le di la espalda y marché por donde había venido. Esto iba contando cuando me percaté de lo erróneo del enunciado. No di con el camino que ya había recorrido en un tiempo cercano del pasado y me perdí. Erré (pero como yerra quien vaga sin rumbo, que no es lo mismo). Y, a punto de llegar al final, al que intuía porque la condición era el tiempo y no la resolución de mis cuitas, creí que el desenlace redondo llevaba ya un rato siguiéndome el paso. Llegó el final, el que acontece cuando aparecen las respuestas, a la vez que el tiempo se acercaba a traerme el alternativo, el de los fracasados. Mi nueva compañía, la breve, como aquel rey, se escribía con pocas letras, tan humilde: errar. Errar el camino fue lo que me llevó a errar por un camino nuevo. Y es que quizá se haga camino al andar y el camino personal de cada uno haya de hacerlo uno mismo y andar, más cómodamente, cómo no, por el ya hecho no nos lleve a ningún lugar, a ningún lugar de interés verdadero, me refiero. Un minuto antes de las siete de la tarde del 22 de julio de 2008, hube de despedirme de mi cuento, de uno de ellos, le deseé buena suerte y, satisfecho, callé.


 

22/07/2008

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