Un perro

Creyeron que el perro quedaría libre al soltar la cadena del collar que le habían puesto al cuello. No pareció que fuera cosa de preocupación que el pobre bicho no saliera corriendo inmediatamente. Estará cansado, dijeron. Sigue extrañando a la gente. Marcharon. Toda la finca para él solo. Todos los árboles inmaculados, esperando su visita. Y un montón de sacos viejos y medio rotos en alguna esquina. Y ratones, pardales, incluso algún abejorro. El sol obligándole en alguna ocasión a recular, a meterse dentro del portal, allí donde no pudiera llegar, hasta el punto en el que su presencia no llegaba más allá de un beso cálido y largo. Tan largo como decidieran los ladrillos de la pared de la derecha, que siempre se cansaban de esperar a que el hechizo fuera roto y separaban a los dos amantes hasta el día siguiente, siempre y cuando no fueran las nubes quienes aguaran la fiesta. Oh, sí, las nubes, tan vanidosas, tan orgullosas, tan bellas, tan efímera su belleza, tan ignorantes. Su único atractivo provenía de su certeza de ser inalcanzables, pero también por ello resultaban tan frías. Bajaba la vista cuando se acercaban. Sabía que eso les dolía. Fue el sol quien le enseñó a soportarlas, tan radiante, tan indulgente a su regreso, tan lleno de vida. Él quería ser como el sol; no de presencia, claro; pensaba en lo de dentro, en su espíritu. Aunque no todo era juego, este juego: el sol y él tenían mucho que hacer cuando se separaban. No estaba seguro de si su incondicional amigo tenía por oficio algo parecido al suyo. Nunca hablaban de esas cosas. Nunca hablaban. Su trabajo consistía en vigilar que todos los clavos del cielo permanecieran en su sitio. Se volvió vago con el correr del tiempo. Vago no, práctico: solo hacía recuento de los más gordos. Al fin y al cabo, esos eran los verdaderamente importantes, los que más cargas soportaban. Que se cayera uno pequeño no importaba mucho si cerca había uno de cabeza bien grande cumpliendo con su papel. Dormitaba; abría un ojo, levantaba la ceja, nadie se atrevía a moverse, abría el otro, cerraba los dos, bajaba las orejas. Era dura la noche, pero se hacía más soportable pensando que todo el mundo trabajaba. Esos pajaruchos, si acaso. A esos los veía mimetizarse con los árboles de la finca, confundirse con las ramas. Pero eran la única excepción. Los ratones se movían con bastante más energía que en las horas en que él quedaba con el sol. Y aparecían muchos más seres. Los ruidos se multiplicaban en cantidad y en diversidad. Trabajar callado es aburrido. A él se lo iban a decir. Se inventó una excusa que le hizo emocionarse un poco cuando apareció en su mente: ladraba el número de clavos que llevaba contados. Hinchaba los pulmones y avisaba a los ratones, a la lechuza, a los grillos, a las ranas y a quien tuviera a bien escucharle de que la gran bóveda no corría peligro de derrumbe. Y se sentía útil y a gusto consigo mismo. Notaba, además, una agitación generalizada al rebufo de sus ladridos, señal de que era escuchado; señal de que era respetado. Colocaba la cabeza entre las patas y dormía.

– El perro; el perro, que no se mueve. Probé a ponerle la comida un poco más lejos y ha dejado la cazuela entera. Yo creo que no le he visto moverse del lado del pilar desde que le quitamos la cadena. ¿Por qué no se mueve? Una finca tan grande y no hace por conocerla…


 

03/04/2008

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