Vida de Mari

En muy pocas ocasiones el significado que acompaña a una frase hecha tendrá tal grado de verosimilitud como al decir que el trabajo de Mari es su vida. O también, que su vida es trabajar. Y esto es así porque el trabajo de Mari es el de sostener a toda una familia, tres generaciones que bien podrían ser cuatro, de querer; pero este no es el momento ni tampoco el asunto. Y esto es así, insisto, porque la vida de Mari es la de las personas que orbitan en torno a ella: su madre, que poco a poco va resignándose a su flamante y triste rol de viuda; su suegro, que fue viudo casi siempre y para el que es un báculo vital de elasticidad aparentemente perfecta; su marido, el único hijo de una familia que sin ella parecería a medio hacer, sin terminar; sus dos hijas y sus dos hijos, inmersos de pleno en el arte de volar, construyendo su propio nido a la velocidad que el tiempo les permite, aunque perennes en su pensamiento, con presencia en sus ocupaciones, con peso en sus preocupaciones,… Y estos puntos suspensivos son un artificio del cronista para evitar cerrar una lista en la que por justicia deberían colarse los nuevos niños del barrio, que han encontrado en su devoción, en sus cuelgas puntuales, en sus magdalenas el cariño desinteresado de una perfecta tía; tres simples letras que juntas valen más que otras mil palabras y que bastan para formular todo lo que significa en su pequeño gran mundo.

Casi todos los días, Mari, que vive en un pueblo que entre los pequeños es grande, se acerca a la consulta del médico o a la tienda y se junta y comadrea con otras maris de nombres diferentes, maris que se llaman Felisa, o Marina, o Sagrario, y que guardan su historia en una cesta tejida con mimbres arrancados en las mismas riberas. Al pensar en ellas toma forma en la mente la imagen del Atlante sosteniendo el mundo. Mari es el Atlante reencarnado y cada día un nuevo avatar viene a apuntalar este retablo que es su vida, que es su religión y que es, como ya indiqué, su trabajo, un término que en esta lista suena más prosaico, pero así es quizá la vida cuando no hay un barniz retórico que maquille, iguale e imponga una gris uniformidad sobre tanta aspereza. Cuando, viendo la tele, Mari escucha hablar de la conciliación entre vida laboral y familiar, siente en sus entrañas la paradoja que es su existencia, pues, siendo su trabajo el abnegado servicio incondicional que presta a la familia que ha ido esculpiendo a lo largo de los años, es esta misma dedicación la que le impide poder gozar de la dicha creada de una forma más irresponsable, menos esforzada, si se prefiere. Cualquiera, desde fuera, podría decir que en su caso la conciliación es fácil, por identificación unívoca de vida y trabajo, pero ella piensa, y se carga con ello de razón para rebatirle a cualquiera, que ya no quiere ser pastor, que lo que ansía es formar parte del rebaño.

Mari no lo sabe, pero, en el futuro, pondrán su nombre a una plaza del pueblo en su honor. Yo tampoco puedo indicarles cuándo; no estoy diciendo que en veinte años, ni que en un siglo, nadie sabe la fecha exacta, pero es de justicia y pensar lo contrario es de una osadía risible.

Lo que están leyendo no es ninguna muestra de historia triste o de tragedia, sino la descripción de un retal de realidad tal vez desconocido y, quizá por ello, merecedor de cierto interés; una vida que es plena y que tiene un sentido, que es el que ella ha escogido y que no es peor ni mejor que el de quien decidió que su vida sería servir a su jefe, o a su cónyuge, o a su imagen, o a sus miedos, o no servir a nadie. A eso le llamamos libre albedrío. Y es una especie de entelequia en constante redefinición, un lazo que, según el caso, adorna o aprieta.

Y aquí llega la pequeña anécdota que le viene a dar sentido a este relato. En la España más rural, en la que las mujeres son las amas de su casa, pero también las sanitarias, las cocineras, las matarifes, las limpiadoras, las recaderas, las jardineras -no sé cuándo parar, pues una conjunción disyuntiva sería profundamente injusta y a la copulativa todavía no se la espera-, en ese punto de estampa intemporal, es miércoles por la mañana y Mari se dispone a llevar a su madre al Sintrom. En ese instante su móvil emite un jubiloso silbido. Lo coge de la repisa de la ventana, lo desbloquea y observa que tiene un nuevo mensaje de Whatsapp; es de una de sus hijas. Lo abre y, a medida que lo va leyendo, una sonrisa va inundando su rostro hasta anegar, como lo demuestran un par de destellos, sus mismos ojos. No parece más que un típico mensaje en cadena, pero para ella se trata de algo muy diferente. Hará cosa de un mes, en un breve momento de asueto, asqueada de la tele, perdido el hilo del libro que tenía entre manos, sintió la genuina pulsión de darse un homenaje y, a falta de un boli a mano, escribió con rabia en su móvil el discurso que en una imaginaria ceremonia algún pomposo cargo público declamaría loando las virtudes de una mujer, que era ella misma, que con su ejemplo se habría convertido en una heroína de la misma humanidad, humilde, trabajadora, íntegra. Y lo leyó y le gustó y, con ludópata impulso, lo envió como comentario a un hilo de un foro de manualidades al que, a veces, como distracción, suele acudir, olvidándose seguidamente del tema.

Sea como fuere, ese descargo que le permitió dormir del tirón tras varias noches de azarosa inquietud debió de suscitar en otra persona el interés suficiente como para compartirlo con sus contactos y así, como si de un virus se tratase, la vida que ella había contado en esas líneas comenzó a dar vueltas, a saltar de dispositivo en dispositivo, a sorprender a una cantidad insondable de gente desconocida hasta llegar, por fin, a su hija, que lo encontró digno de mostrárselo a su progenitora. En todas estas vueltas, como de un caballo desbocado, piensa Mari, los codos apoyados en la mesa y una inspiración profunda que denota en qué medida se siente realizada. Entonces mira el reloj, se acomoda en la silla y decide concederse el lujo del tiempo; le dice a su madre que tome asiento y espere y comienza a teclear la nueva historia que en su mente empieza a descubrirse a fuerza de arbitrarios impulsos luminosos.


 

 

(Presentado para el VII Certamen de Relatos Cortos de Mujer organizado por el Ayuntamiento de Villaquilambre (León) en marzo de 2014 con las siguientes bases: “Las obras tratarán sobre MUJERES, tanto en el ámbito público como en el privado, siempre bajo la premisa y objetivo fundamental de reflejar la igualdad de oportunidades y la conciliación de la vida laboral y familiar”.)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s